Muere el gran transgresor del arte mexicano
En 1958, cuando el muralismo era intocable, el pintor, escultor, escritor y dibujante José Luis Cuevas se atrevió a criticarlo; es impulsor de la Generación de La Ruptura que cambió los parámetros de la estética del momento; personaje polémico el llamado Enfant Terrible falleció ayer a los 86 años.
A los 86 años de edad, uno de los pintores más trascendentales para la plástica mexicana dejó su lugar en el mundo terrenal. José Luis Cuevas murió la tarde de ayer en la Ciudad de México.
Cuevas fue el centro “reformulador” del cambio estético contemporáneo y pilar de la generación mexicana de pintores, dibujantes y escultores de la llamada Generación de La Ruptura. Un artista sin el cual, no podríamos entender el arte de nuestro país.
Sacar el espacio de cualquier dibujo era para Cuevas configurar un lugar, entre la vida y la muerte, desde donde contemplar el horizonte y entregarse a la luz y al trazo que la propia luz crea. El arte de Cuevas brota, es un juego incesante de formas, volúmenes, lenguajes. Todo se combate y se recrea al mismo tiempo. Sentido inverso de la realidad: estructuras que producen movimiento, sonido.
Mientras en la Europa de mediados de los años cincuenta se imponía la obra de expresionistas abstractos norteamericanos como Willen de Kooning, Jackson Pollock, Esteban Vicente, Theodoros Stamos, Mark Tobey... José Luis Cuevas realiza sus célebres litografías sobre la obra de Quevedo, Kafka y el Marqués de Sade.
La figura respira, signo que encarna una oscura voluntad de creación; a su vez, el trazo se despliega secretamente en cada línea. Sueño mineral que se disuelve en el espacio: contradicción sensible, el espacio no se toca, se percibe. Color y forma están unidos en un contexto altamente poético. En algunos dibujos y grabados el artista vuelve a “recomponer” las figuras. Le gusta contrastar superficies: trabajar en la organización del espacio, romper, rasgar, es decir, unificar.
Azar electivo, como decía André Breton. Plenitud y vacuidad, juego visual y poético para conformar un lenguaje. Símbolo que es mejor y peor. El símbolo es realidad e irrealidad, juego lingüístico que encuentra un significado importante en la obra de Cuevas. Este aprovechamiento no sólo evoca su creatividad figurativa, donde recrea agonías, crímenes, cúpulas, desvaríos, monstruos y monstruosidades humanas. De forma atrevida y sarcástica, se pierde en múltiples imágenes que van generando cierto gestualismo expresionista, lo que situó su obra, junto a otros artistas latinoamericanos —Jacobo Borges, Ricardo Martínez, Armando Morales, Fernando de Szyszlo y Francisco Toledo—, en un fecundo espacio que recapitulaba críticamente el pasado, próximo y lejano, y que despuntaba como una fabulación reinventada de la figuración.
Cuevas ofrece una lectura de su trabajo y no sería en vano porque subraya la naturaleza de una obra que no culmina todavía, sino que ha convertido su lenguaje en materia artística, en un creador sin retorno, en el centro “reformulador” del cambio estético contemporáneo.
Es decir, toma y retoma una voz poética poblada de símbolos que van más allá de la epitafia del arte. Cada trabajo resulta complejo, rico y deslumbrante.
Dice Mario Vargas Llosa sobre Cuevas:
“Su mundo está poblado de marginales, en él la regla es la excepción: catálogo del crimen, paraíso de la deformación, resumen de todas las taras concebibles del hombre…”
Al observar en retrospectiva su trabajo, llego a pensar que me encuentro ante la presencia de un artista que produce una seducción por lo subjetivo y lo poético.
Fruto de estas atracciones fueron sus series sobre Sevilla, sus estudios, los secretos de Walter Raleigh y sus interminables autorretratos. Símbolos que descifran el laberinto, por caótico que parezca, interminable del artista. Quizá la palabra exacta para definir este proceso sea ritmo.
Ya en 1965 Cuevas se libera de influencias estéticas para abrir camino a su lenguaje individual, único e inédito, que usa y repite en dibujos, grabados y esculturas. Transforma su imaginación en realidad, crea un registro personal de la memoria.
Manicomio, Mujeres del siglo XX, Comedia humana I y II y Funerales de un dictador son registros expresivos en los cuales sorprende la exasperada voluntad por decir. Su dramatismo y su poder radican precisamente en su definición.
Picasso transforma los espacios escultóricos y arquitectónicos de la pintura. Pinta y destruye, oculta y revela cada línea sobre un dibujo. El sentido de la composición en la obra de Cuevas es romper los límites. Crear un espacio pictórico es delimitar, concretar escenarios. Entretejer un dibujo es crear un lugar donde se contempla la atmósfera y se descubre la materia.
En 1955, Cuevas viaja y expone por vez primera en París, en la Galería Edouard Loeb; es el comienzo de su interés por “internacionalizar” su obra y por las corrientes vanguardistas de la época. Culmina años más tarde con grandes exposiciones retrospectivas en diversos museos como el Museo de Arte Moderno de París, en 1976; en el Museo Ludwig, de Alemania, en 1978; en el Chicago Internacional Art Exposition, de esa ciudad en 1987, en el Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía, de Madrid, en 1998, en el Museo del Palacio de Bellas Artes, México, DF, 2008, y en el Museo de Arte Contemporáneo de Santo Domingo, República Dominicana, en 2010.
En la década de los sesenta y setenta descubre nuevamente a Picasso, Klee, Matisse, Braque, al círculo cubista; confronta su trabajo con Antoni Tàpies, Albert Ràfols-Casamada, Pierre Alechinsky, Antonio Saura, Frank Auerbach y el francés Pierre Soulages. Se interesa más por la línea que el ojo pierde, encuentra y vuelve a perder, al grado de reinventar cada trazo.
Se concentra, se pierde, pierde el sentido del tiempo, pero rescata el espacio. Es en la representación de sus figuras donde Cuevas revienta la forma total de la masa del cuerpo humano. Así lo vemos en sus series de 1953-58, donde trata de contener no sólo el cuerpo sino también la gestualidad del mismo. Es la línea de una figura yaciente, que indica secretos, desde el momento mismo en que el artista descompone los volúmenes.
Es el límite el que define cada cuerpo, cada espacio, cada materia; este límite es el que define la claridad del dibujo de José Luis Cuevas a partir de los años setenta.
La realidad meditada del espacio corpóreo se define claramente en su serie de dibujos sobre Kafka realizados para su exposición del Museo de Arte Filadelfia. Lo que al principio es un problema de lenguaje pictórico, Cuevas lo va llevando más allá; él crea un espacio externo, no se conforma con construir formas sino tiende a destruirlas. Todo el peso de las figuras se concentra en la composición, en el ritmo que gravita en su composición. Si Matisse elevó el trazo a forma poética, Cuevas cuestiona y define el espacio de la esencia de la línea: su propio límite. El elemento estético y poético del dibujo es, y era desde el siglo XIV, un espacio considerado como transformador de volúmenes; por ello Cuevas cuestiona el vacío que produce un dibujo, el espacio que crean los materiales.
Cuevas indaga nuevas formas, define de manera especial su acto plástico. En esa búsqueda, Cuevas es más rotundo y perfecto en el dibujo. No contradice: interroga y responde.
El diálogo que establece entre silencio-espacio, silencio en el trazo y espacio en el dibujo es determinante en su obra. Cuevas, pertenece, de algún modo, al mundo de la meditación, del asombro.
El sentido de Cuevas se concreta y madura en los sesenta, se basa en la simplicidad, en la eliminación de excedentes retóricos que produce la imagen; en él destacan la modulación de los espacios y la orquestación de lo no dicho: la energía de la figura adquiere categorías de signo.
El trabajo de Cuevas juega con el límite, en esos instantes fronterizos donde chocan las formas. Cuevas comienza sus trabajos con esa concentración que pide el poeta, el alquimista, el místico. Este silencio no es el del minimal. El vacío de Cuevas no es la experiencia transgresora del arte conceptual, sino la materia austera de la creación y el culto que el artista le profesa. La obra de Cuevas pertenece a una sensibilidad única, íntima, intransferible, cuyo eje elemental es y será la anulación del tiempo. Pensó que el dibujo se diluye entre el ritmo de un trazo.
Pero, en último término, su comprensión no es asunto de conocimiento, sino de intuición, como lo demostró en la serie de grabados dedicados al Marqués de Sade. Se intuye con la mirada, dice Cuevas, se destruyen las formas y se consolida en el resultado final, ya sea gráfico o plástico.
Para él la línea no es recta ni redonda, sino elíptica; por ello se cuestiona constantemente. Espacio que se enfrenta, lenguajes enemigos: un microespacio que se une en un mismo límite: espacio poético y visual.
La definición de mancha y linealidad, de la superficie como espacio poético y de los volúmenes como forma visual, que tanto preocupó al constructivismo, aparece concretado en la de Cuevas en los años ochenta, con una sobriedad muy cerca de la delicadeza, que se puede reflejar claramente en sus dibujos y en su obra gráfica. Quizás toda esa concreción de ideas sea su serie Intolerancia, donde el espacio es un enigma.
Fuente: La Razón